Con motivo de los 20 años de Mazda revisamos aquellos oficios que en México, al igual que los maestros Takumi de Mazda dan forma a los nuevos productos, transforman con sus manos diferentes elementos para crear emociones con el quinto elemento
Hablar de el quinto elemento en Mazda, no es sumar un concepto etéreo a la lista de valores de marca. Es, más bien, detenerse a observar cómo se hacen las cosas cuando el tiempo y la prisa dejan de mandar. Alfarería, herrería, pintura sumi-e o vidrio soplado parecen oficios distantes del automóvil, pero comparten una lógica profunda: la relación directa entre la mano, el material y la decisión final. Nada sobra. Nada es casual.

La alfarería, por ejemplo, no se entiende sin el vacío. El objeto no es solo la forma exterior, sino el espacio que se crea dentro. En herrería, el metal se domina a base de calor, paciencia y golpes medidos. En el sumi-e, cada trazo cuenta porque no hay margen de corrección. Y en el vidrio soplado, el error se paga caro: unos segundos de más o de menos cambian todo. La verdad es que en todos estos oficios hay una tensión constante entre control y sensibilidad.

Por ello hemos hecho este recorrido entre diferentes artesanos por el país que tienen, sobre todo, una gran experiencia trabajando con estos elementos y demostrando que, con la paciencia, dedicación y unas manos entrenadas, el resultado es poco menos que fascinante; vemos cómo todos en conjunto entregan el quinto elemento.
Ese mismo equilibrio aparece, quizá de forma menos visible, en los estudios de diseño de Mazda. A diferencia de lo que podría pensarse en una industria dominada por pantallas, software y simulaciones, los autos siguen pasando por un proceso físico: el modelado en arcilla. No es un gesto romántico ni una concesión al pasado. Es una herramienta crítica para afinar proporciones, superficies y reflejos de una manera que ningún render logra del todo.


Aquí entran en escena los maestros Takumi, artesanos con décadas de experiencia que “leen” la superficie con la vista y con las manos. Consideramos que esta es la conexión más clara con ese quinto elemento: la capacidad humana de interpretar lo que aún no existe del todo. La arcilla permite correcciones mínimas, casi imperceptibles, pero decisivas. Un milímetro en una línea de carácter cambia cómo la luz recorre la carrocería. Un gesto pequeño altera la percepción completa del vehículo.

Además, el proceso no es rápido ni indulgente. Como en la pintura sumi-e, cada intervención debe estar pensada. Borrar no siempre es una opción. En este punto, parece que la tecnología se vuelve una aliada silenciosa, no la protagonista. Los datos, las mediciones y los túneles de viento están ahí, pero no sustituyen el criterio entrenado. Lo complementan.

Hay algo profundamente humano en este enfoque. El Takumi no busca imponer su estilo, sino desaparecer detrás del resultado. Su éxito es que nadie note su trabajo de forma aislada, solo el conjunto. Un poco como el maestro vidriero, cuya firma no está en la pieza, sino en la pureza del acabado y en la armonía de la forma.
Creemos que por eso el discurso del quinto elemento funciona cuando se aterriza en el proceso real. No habla de emociones grandilocuentes, sino de decisiones concretas: cuándo detenerse, cuándo insistir, cuándo aceptar que una superficie ya está lista. En un contexto industrial donde la eficiencia suele medirlo todo, este tipo de pausas resultan casi contraculturales.

Al final, el vínculo entre artesanía tradicional y diseño automotriz no pretende idealizar el pasado. Más bien recuerda algo esencial: incluso rodeados de algoritmos y automatización, sigue siendo la sensibilidad humana la que termina de dar forma al objeto. Y en Mazda, al menos en esta etapa del proceso, esa sensibilidad todavía se moldea con las manos manchadas de arcilla.





